lunes, 3 de septiembre de 2012

Uno, dos, tres.

Es la hora. Respirar profundamente, una, dos, tres veces. Es importante contar hasta tres. Caminar despacio hasta la escalera, sin llamar la atención; sabe hacerlo todo muy bien. Lo tiene todo pensado, ensayado mil veces en la cabeza, tiene que salir así. No puede ser de otra forma.
Primero la mano izquierda, después la derecha, agarrándose con firmeza. Y sube el primer escalón. Y el siguiente, y otro más, como un autómata. No puede permitirse el lujo de dudar, resbalarse le quitaría toda credibilidad a su acción. Qué patético sería, estando en el décimo escalón.
Todavía no alcanzó altura suficiente, desde esa posición las cosas, la gente, siguen pareciendo demasiado grandes, ocupan mucho espacio, tienen demasiada presencia. Cuenta mentalmente hasta tres y respira al mismo tiempo.
Cuantos más escalones sube, más importancia le va restando al mundo que ve a sus pies. Todo disminuye progresivamente, se van emborronando los contornos. Y sigue, un pie y el otro, mecánicamente, sin dudas. 
Y nadie lo ve, por supuesto. ¿Quién va a fijarse en una figura oscura subiendo lenta pero decididamente una escalera, si todo alrededor sigue teniendo lugar a velocidad vertiginosa? No está hecha la gente para detenerse en las cosas que suceden a cámara lenta, él lo sabe. Lo sabe y por eso sigue subiendo, escalón a escalón.
Falta poco, cada vez queda menos. Controla el ritmo de la respiración, no puede acelerarse; una, dos, tres inspiraciones profundas. Y los últimos escalones. Ya llegó.
Ahora sí que es todo minúsculo, desde esa altura. Apenas hay espacio para poner los dos pies pero se siente el rey del mundo, de ese mundo que domina desde ahí arriba. Aunque no lo vean, todavía. En unos instantes, conseguirá por fin que toda la atención se centre en él, sólo en él.
Cierra los ojos. Necesita aislarse, desconectar, sentirse ajeno a todo. Esto es solamente suyo, algo que no pertenece a nadie más, no puede compartirlo. Abre los ojos, respira profundamente y esta vez  cuenta hasta diez.
Entonces se deja caer al vacío.
Sus manos se entrelazan con fuerza mientras el trapecio vuela por la carpa, la gente aplaude, el espectáculo continúa. Menos mal que no contó hasta once.

martes, 28 de agosto de 2012

Puntos y rayas.

Eran dos puntos. Rojos, está claro, sino no son puntos de verdad. Puntos rojos en un fondo negro. Separados una cierta distancia, no importa cuánto, no resulta relevante. Ellos simplemente tenían que ir del primer punto al segundo punto, no era mucho pedir la cosa. Lo lógico es una línea recta, ¿no? Por eso de que la distancia más corta entre dos puntos es una línea recta y la gente tiende a hacer las cosas de la forma más fácil posible. Eso es entonces, unir dos puntos con una puta raya. 
Se reían cuando les decían que tenían que hacer eso; se reían con risa de autosuficiencia, de esas que molestan y dan ganas de volarle la cabeza al dueño de la risa. Hubiese sido una posibilidad, claro. Lo de volarles la cabeza digo, rápido; pero poco sutil. Y él no era de hacer cosas así, demasiado sucio para su estilo. Su forma de jugar, de hacer jaque mate y acabar con esa risa estúpida, era otra distinta.
Ellos empezaban a caminar, orgullosos de sí mismos y de su línea recta. Caminaban, caminaban y de repente ya no podían caminar más. No había nada enfrente, nada que se pudiera ver al menos. Pero no podían seguir recto. Se frustraban, el orgullo les hacía intentarlo con todas sus fuerzas, con toda la rabia que eran capaces de poner al intentar empujar algo que en apariencia física no existía. No sabes lo que se reía él de esos intentos, de lo ridículos que parecían vistos desde afuera. Y no era una sonrisita autosuficiente, era más bien una carcajada un poco macabra.
Estaba el que lo intentaba dos minutos y el que porfiaba durante quince, pero al final todos se rendían. Giraban a la izquierda o a la derecha y seguían caminando, intentando corregir el rumbo lo antes posible. Pero no podían, seguía ahí esa cosa que les impedía ir por ningún lugar que no fuera el marcado. Marcado pero invisible, ese era su estilo, su marca sutil.
Casi ninguno resistía mucho, al final todos se dejaban llevar, arrastraban los pies tanteando con las manos para ver hacia donde los dirigía esa pared invisible. Tan ufanos que estaban antes de su línea recta, ahora ya no sabían ni en qué dirección estaba el segundo punto rojo. Pensarás que esa era su máxima satisfacción, que ahí terminaba todo. 
Pero no.
Después de incontables vueltas, paredes, muros, giros a derecha y a izquierda... de repente, aparecía el punto rojo. Estaba ahí, adelante, y llegaban y se paraban encima y de a poco empezaban a cambiar la cara. Volvía otra vez esa sonrisita ufana, esa cara de satisfacción personal que tan insoportable le resultaba. 
Y él se alimentaba de su ridículo orgullo, viendo desde arriba un laberinto enrevesado que empezaba y terminaba en el mismo punto rojo. Viendo un segundo punto rojo, afuera, lejos.