Es la hora. Respirar profundamente, una, dos, tres veces. Es importante contar hasta tres. Caminar despacio hasta la escalera, sin llamar la atención; sabe hacerlo todo muy bien. Lo tiene todo pensado, ensayado mil veces en la cabeza, tiene que salir así. No puede ser de otra forma.
Primero la mano izquierda, después la derecha, agarrándose con firmeza. Y sube el primer escalón. Y el siguiente, y otro más, como un autómata. No puede permitirse el lujo de dudar, resbalarse le quitaría toda credibilidad a su acción. Qué patético sería, estando en el décimo escalón.
Todavía no alcanzó altura suficiente, desde esa posición las cosas, la gente, siguen pareciendo demasiado grandes, ocupan mucho espacio, tienen demasiada presencia. Cuenta mentalmente hasta tres y respira al mismo tiempo.
Cuantos más escalones sube, más importancia le va restando al mundo que ve a sus pies. Todo disminuye progresivamente, se van emborronando los contornos. Y sigue, un pie y el otro, mecánicamente, sin dudas.
Y nadie lo ve, por supuesto. ¿Quién va a fijarse en una figura oscura subiendo lenta pero decididamente una escalera, si todo alrededor sigue teniendo lugar a velocidad vertiginosa? No está hecha la gente para detenerse en las cosas que suceden a cámara lenta, él lo sabe. Lo sabe y por eso sigue subiendo, escalón a escalón.
Falta poco, cada vez queda menos. Controla el ritmo de la respiración, no puede acelerarse; una, dos, tres inspiraciones profundas. Y los últimos escalones. Ya llegó.
Ahora sí que es todo minúsculo, desde esa altura. Apenas hay espacio para poner los dos pies pero se siente el rey del mundo, de ese mundo que domina desde ahí arriba. Aunque no lo vean, todavía. En unos instantes, conseguirá por fin que toda la atención se centre en él, sólo en él.
Cierra los ojos. Necesita aislarse, desconectar, sentirse ajeno a todo. Esto es solamente suyo, algo que no pertenece a nadie más, no puede compartirlo. Abre los ojos, respira profundamente y esta vez cuenta hasta diez.
Entonces se deja caer al vacío.
Sus manos se entrelazan con fuerza mientras el trapecio vuela por la carpa, la gente aplaude, el espectáculo continúa. Menos mal que no contó hasta once.
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