Se reía porque sí. Porque tenía ganas de reír, sin motivo aparente ni oculto. Pensaba que era absurdo buscar razones para reírse, que era como buscar a propósito razones para llorar. Que la alegría viene sola cuando te escucha reír, decía. Y, cierto o no, él parecía estar siempre alegre.
Lo mejor, te contaba orgulloso, es que la risa es como una epidemia. Si te reís mucho, al principio te miran con desconfianza, sos como un virus peligroso para su eterno rictus amargo, te consideran amenazante. Pero a la mínima que bajan la guardia... se contagian. De repente, como sin querer, se están riendo. Primero bajito, intentando ocultarte que les pegaste la risa, como si fuera una enfermedad. De a poquito se les mete el virus en el cuerpo, y así sin querer, se encuentran riendo hasta doblarse por la mitad, completamente infectados. Y te decía que la risa no era el mejor remedio, sino la mejor enfermedad crónica que existe.
Pregonaba que reírse es la mejor terapia, que los libros de ayuda y los psicólogos son el eterno engaño de aquellos que no saben sonreír y buscan vengarse de los que tienen esa virtud.
En voz baja, como secreteando, te decía que las sonrisas son la mejor arma jamás inventada, capaces de borrar malos humores y tormentas, de evitar llantos, peleas, equivocaciones, muertes.
Si conseguías su confianza, te contaba que lo mejor de las carcajadas son sus mil facetas. Pícaras, amargas, sinceras, explosivas... estaba convencido de que con la sonrisa adecuada se podía conseguir cualquier cosa. Y cuando te lo decía así, con una sonrisita cómplice y guiñándote el ojo, no podías hacer otra cosa más que creerle.
Y así, riéndose, lo sorprendió el fin. Pero ni siquiera la muerte pudo borrarle la última sonrisa de la cara. Y así se fue, feliz, a desparramar risas en otros mundos.
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