Se empezaron a ver en parada del autobús, todos los días a la misma hora.
Ella con su uniforme gris, igual de gris que el mundo que los rodeaba. Hasta la gente había terminado por ser gris, intentando pasar lo más desapercibida posible, en una época en la que destacar se pagaba muy caro.
Pero él… él sí que destacaba, lo hacía a propósito, y algún día le cobrarían la vanidad. Pero si no hubiese destacado, ella nunca se habría fijado. Siempre venía caminando con las manos en los bolsillos y un cigarro entre los labios, que seguro no había conseguido con la cartilla de racionamiento.
El primer día que se encontraron ella ni siquiera le dirigió la mirada. Era demasiado arriesgado, uno nunca sabía que iba a encontrarse tras unos ojos desconocidos; él sí, la miró de arriba a abajo y amagó una sonrisa que quedó convertida en una mueca un poco rara.
A las dos semanas cruzaron el primer "buenos días", él con ademán galante, el de ella por mera cortesía. No estaban los tiempos para ir intercambiando palabras con cualquiera, siempre recordaba las severas advertencias de su padre e intentaba cumplirlas.
Pero resistirse a esa sonrisa pícara era demasiado difícil y unos días después del primer saludo, no pudo evitar levantar la cara al pronunciar su tenue “buenos días”. A mala hora se le ocurrió fijarse en esos ojos, esos malditos ojos. Una vez se cruzó con ellos, quedó atrapada allí. Acostumbrada desde niña a ver ojos tristes y vacíos, ojos que perdieron lo que más querían, ojos que ocultaban rencor y odio, ojos melancólicos… caer de repente en unos ojos felices y traviesos, que dejaban ver y ocultaban al mismo tiempo, supuso una tentación demasiado grande como para no dejarse seducir.
Era peligroso, ella lo sabía, las palabras de su padre resonaban en su cabeza cada mañana al encontrarse con él en la parada. Pero siendo todo tan gris, cómo no iba a perderse en esa mirada cálida, que la envolvía como un abrazo entre la fría niebla de la ciudad.
Sólo coincidían en la parada unos minutos, el autobús de ella llegaba primero e intercambiaban un último asomo de complicidad mañanera antes de que su uniforme gris se perdiera tras las puertas del vehículo.
Nunca intercambiaron más palabra que el ya habitual “buenos días”, nunca se dijeron sus nombres. Saber demasiado de alguien siempre era un problema, permanecer en la ignorancia era más seguro. Y así se fueron sumando días, sonrisas y miradas confabuladas.
Una mañana no apareció. Por más que rezó para que llegara con sus andares orgullosos, no apareció, y ese día fue más gris y húmedo que todos los anteriores. Y así pasó otra mañana, y otra más. Hasta que al cuarto día lo vio girar la esquina.
Pero ya de lejos se dio cuenta de que no era el mismo. Se había dejado la gallardía de sus pasos quien sabe dónde, y las manos colgaban inertes y sin ritmo a los costados. Y cuando estuvo cerca… ¿qué habían hecho con la calidez de sus ojos? ¿Dónde estaba esa chispa que daba color a su mundo?
No tuvo el valor de preguntarle quién le había robado la alegría y se estremeció al comprobar que ahora su mirada era otro pozo muy hondo, de esos donde las almas se pierden y ya no pueden salir.
Apartó los ojos, bajó la cabeza y volvió a sumergirse en ese mundo húmedo y gris del que no tendría que haber salido nunca.
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