lunes, 5 de julio de 2010

Viejo de ciudad

Está siempre, siempre ahí. Es un elemento más de esa incongruente mezcla urbana. Del banco cada vez se aprecia menos el color original, hay más agujeros que adoquines y ese tono gris de las ciudades se afana por impregnarlo todo; pero él sigue ahí.
Visto desde la ventana, parece que sea el ojo de un huracán. A su alrededor la gente pasa corriendo, mirando el reloj como el conejo de Alicia, sin reparar en que van tan rápido que se dejaron el tiempo atrás. El tráfico prosigue y proseguirá aunque el mundo se esté partiendo en mil pedazos. Pero él está inmóvil, inmune a todo ese caos.
Ajeno a la ración de locura diaria que nos toca a todos, seguramente su parte la haya consumido alguna de esas mujeres que pasan murmurando por lo bajo, marcando el paso con zapatos que pretenden elevan su ego a la altura exigida.
No mueve los ojos; tiene la mirada perdida en algún punto remoto del pasado que juego a imaginar. Según mi estado de ánimo, me da por imaginar alguna empalagosa tragedia amorosa, quizás un sórdido secreto, una pérdida insustituible. Pero estoy convencida de que ni siquiera me acerco a la realidad. Es una mirada demasiado profunda y tan hondo, la mayoría nos ahogamos.
Tiene una postura de paciencia infinita, más bien de resignación. Como si hubiese resuelto aceptar que su vida es eso, sentarse a contemplar su propia existencia con su sombra como única compañía.
Y es así día tras día, creo que ya no siente ni el sol ni la lluvia, y mientras el viento no le barra sus recuerdos, no le importa. Me inspira lástima, o me la inspiro yo misma. No sé todavía de quien compadecerme, si de la vorágine humana que lo envuelve o de ese vestigio de hombre, que está siempre, siempre ahí.

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