Está siempre, siempre ahí. Es un elemento más de esa incongruente mezcla urbana. Del banco cada vez se aprecia menos el color original, hay más agujeros que adoquines y ese tono gris de las ciudades se afana por impregnarlo todo; pero él sigue ahí.
Visto desde la ventana, parece que sea el ojo de un huracán. A su alrededor la gente pasa corriendo, mirando el reloj como el conejo de Alicia, sin reparar en que van tan rápido que se dejaron el tiempo atrás. El tráfico prosigue y proseguirá aunque el mundo se esté partiendo en mil pedazos. Pero él está inmóvil, inmune a todo ese caos.
Ajeno a la ración de locura diaria que nos toca a todos, seguramente su parte la haya consumido alguna de esas mujeres que pasan murmurando por lo bajo, marcando el paso con zapatos que pretenden elevan su ego a la altura exigida.
No mueve los ojos; tiene la mirada perdida en algún punto remoto del pasado que juego a imaginar. Según mi estado de ánimo, me da por imaginar alguna empalagosa tragedia amorosa, quizás un sórdido secreto, una pérdida insustituible. Pero estoy convencida de que ni siquiera me acerco a la realidad. Es una mirada demasiado profunda y tan hondo, la mayoría nos ahogamos.
Tiene una postura de paciencia infinita, más bien de resignación. Como si hubiese resuelto aceptar que su vida es eso, sentarse a contemplar su propia existencia con su sombra como única compañía.
Y es así día tras día, creo que ya no siente ni el sol ni la lluvia, y mientras el viento no le barra sus recuerdos, no le importa. Me inspira lástima, o me la inspiro yo misma. No sé todavía de quien compadecerme, si de la vorágine humana que lo envuelve o de ese vestigio de hombre, que está siempre, siempre ahí.
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