Estamos todos locos, locos en el mal sentido; en el peor. Tendríamos que estar todos encerrados en algún loquero de esos tétricos, bien de película pésima.
Somos psicópatas no declarados que se dedican a ir matando ilusiones, descuartizando sueños, asesinando cualquier intento de ir más allá. Es necesario que los deseos se desangren hasta extinguirse.
Somos maníacos in extremis que quieren hacer desaparecer todo lo que no encaja en sus perfectos esquemas, en su vida cuadriculada. Tenemos que clasificar y encasillar incluso lo que no existe.
Somos pirómanos entrenados para autoincendiarnos al instante, estallando en ira, bronca, enojos, rabias y fuegos que consumen cualquier asomo de racionalidad. Nos gusta ver todo cubierto de cenizas.
Somos unos colgados de ojos inyectados en sangre que viven de la realidad virtual, o que se fuman todo lo real con tal de no asumirlo. Es más fácil tragar solamente humo que enfrentarse a cosas mas firmes que tú.
Somos gente perturbada que por esa razón tiene que perturbarlo todo. Nada puede quedarse como es, hay que contagiar el desastre, propagar el desequilibrio, difundir la amargura hasta se pueda nadar en ella.
Somos ladrones que se llevan sonrisas, corazones, calmas, almas, tranquilidades y utopías para venderlas a cambio de frialdad e impersonalidad.
Somos dementes que intentan ver en el sexo, el maltrato y la dominación sucedáneos estúpidos del amor, versiones creadas por mentes envidiosas y absurdas que jamás fueron amadas.
Somos personas trastornadas que creen que la felicidad es algo que se puede encontrar en las estanterías de algún supermercado en un envase de usar y tirar, un producto desechable que se puede cambiar si se conserva el ticket de compra.
Somos neuróticos que proclaman su propia ignorancia para recibir alguna condecoración por ello. Premiamos la estupidez y castigamos la cultura, como si almacenar conocimiento fuera el primero de los pecados capitales.
Somos chiflados que matan en el nombre de Dios, de la paz, del petróleo, del dinero, de la venganza, en el nombre de su perro.
Y tenemos encerrados entre cuatro paredes a unos pobres desgraciados que se creen Napoleón Bonaparte o Marylin Monroe; que creen haber visto ovnis o cambian de vez en cuando de personalidad. POR FAVOR.
Somos psicópatas no declarados que se dedican a ir matando ilusiones, descuartizando sueños, asesinando cualquier intento de ir más allá. Es necesario que los deseos se desangren hasta extinguirse.
Somos maníacos in extremis que quieren hacer desaparecer todo lo que no encaja en sus perfectos esquemas, en su vida cuadriculada. Tenemos que clasificar y encasillar incluso lo que no existe.
Somos pirómanos entrenados para autoincendiarnos al instante, estallando en ira, bronca, enojos, rabias y fuegos que consumen cualquier asomo de racionalidad. Nos gusta ver todo cubierto de cenizas.
Somos unos colgados de ojos inyectados en sangre que viven de la realidad virtual, o que se fuman todo lo real con tal de no asumirlo. Es más fácil tragar solamente humo que enfrentarse a cosas mas firmes que tú.
Somos gente perturbada que por esa razón tiene que perturbarlo todo. Nada puede quedarse como es, hay que contagiar el desastre, propagar el desequilibrio, difundir la amargura hasta se pueda nadar en ella.
Somos ladrones que se llevan sonrisas, corazones, calmas, almas, tranquilidades y utopías para venderlas a cambio de frialdad e impersonalidad.
Somos dementes que intentan ver en el sexo, el maltrato y la dominación sucedáneos estúpidos del amor, versiones creadas por mentes envidiosas y absurdas que jamás fueron amadas.
Somos personas trastornadas que creen que la felicidad es algo que se puede encontrar en las estanterías de algún supermercado en un envase de usar y tirar, un producto desechable que se puede cambiar si se conserva el ticket de compra.
Somos neuróticos que proclaman su propia ignorancia para recibir alguna condecoración por ello. Premiamos la estupidez y castigamos la cultura, como si almacenar conocimiento fuera el primero de los pecados capitales.
Somos chiflados que matan en el nombre de Dios, de la paz, del petróleo, del dinero, de la venganza, en el nombre de su perro.
Y tenemos encerrados entre cuatro paredes a unos pobres desgraciados que se creen Napoleón Bonaparte o Marylin Monroe; que creen haber visto ovnis o cambian de vez en cuando de personalidad. POR FAVOR.
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