Va caminando por la cornisa, con los ojos cerrados, como si jugara a tentar a la suerte. Esa misma suerte que, según piensa él, ha estado esquivándolo durante toda la vida, evitándolo como si no mereciera un atisbo de fortuna. Ha sido todo una cadena de desgracias, de infamias, de lo que él supone ha sido una gran conspiración en su contra.
Un pie delante de otro, la adrenalina de saber que aquí la expresión “dar un paso en falso” es completamente literal; apenas unos centímetros suponen la diferencia entre seguir o no respirando. Le satisface saber que debajo, arremolinadas en la calle, le observan decenas de personas: policías, curiosos ávidos de morbo, personal de emergencias. Se había propuesto recorrer toda la cornisa con los ojos cerrados, como queriendo probar si al destino o a quien fuera realmente le importaba que él continuara vivo; pero no se ha resistido a la tentación de mirar de reojo, apenas entreabriendo los párpados. Está a punto de conseguirlo, le quedan pocos pasos para llegar al final, y es el centro de atención de toda la ciudad. Se le escapa una ligera mueca de satisfacción.
Ahora, lentamente, el otro pie; un paso más que le acerca a la vida. En su mente se suceden imágenes, impulsos, sensaciones. En una mínima fracción de segundo ha visto caras que desearía poder olvidar, borrar como quién borra trazos de lápiz. Pero la memoria es tinta de la buena y es capaz de recordar todos los rasgos de quienes le han hecho sufrir, de quienes tienen la culpa de que ahora esté caminando por el borde de una azotea, por un abismo a sesenta metros del suelo. Es irascible, y con esos recuerdos, la ira le invade; sus rodillas tiemblan, flaquean las fuerzas. Se impone calma y respira intentando tranquilizarse, sólo quedan dos metros para que todo acabe y la suerte se fije en él de una vez por todas.
Un movimiento más, levantando el pie del estrecho volado, los brazos extendidos buscando el equilibrio. A la mierda todo, no quiere morir; no quiere caer desde el edificio y llamar la atención del mundo por estar fríamente muerto. Si conservaba el temple, ahora lo ha perdido y sus pies le impulsan a avanzar más rápido.
Queda un metro, quizás ochenta centímetros para alcanzar una ventana, la salvación. Pero la suerte se ha cansado de que jueguen con ella.
El pie derecho, el exterior, resbala. Abajo, la gente se convulsiona. Lo ven deslizarse, creen que va a caer. Pero la suerte todavía no está contenta. Queda colgando, asido con las dos manos al cemento frío de la cornisa, luchando por impulsar su peso y volver a subir. La ansiedad ha acabado con su fuerza y una mano resbala. Las cosas no deberían haber salido así, tendría que haber conseguido recorrer el saliente, ser alguien aunque sólo fuera durante los sesenta segundos que le dedicarían en las noticias de las nueve.
Ahora cuelga de la mano izquierda. Sólo la suerte ve cómo, uno a uno y con una exasperante lentitud, los dedos van perdiendo agarre y se sueltan. Demasiado tarde para querer ser alguien, ahora sólo es un cuerpo estrellado en el asfalto, rodeado de personas que lo único que pretenden es ser también alguien y poder decir que han visto un cadáver en persona, como si presenciar la muerte hiciera escalar posiciones sociales.
Pobre infeliz, él no sabía que no se ha de tentar a la suerte.
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