Diagnóstico en proceso.
domingo, 24 de febrero de 2013
Vientos de sueños.
lunes, 3 de septiembre de 2012
Uno, dos, tres.
martes, 28 de agosto de 2012
Puntos y rayas.
miércoles, 9 de marzo de 2011
Grises
Se empezaron a ver en parada del autobús, todos los días a la misma hora.
Ella con su uniforme gris, igual de gris que el mundo que los rodeaba. Hasta la gente había terminado por ser gris, intentando pasar lo más desapercibida posible, en una época en la que destacar se pagaba muy caro.
Pero él… él sí que destacaba, lo hacía a propósito, y algún día le cobrarían la vanidad. Pero si no hubiese destacado, ella nunca se habría fijado. Siempre venía caminando con las manos en los bolsillos y un cigarro entre los labios, que seguro no había conseguido con la cartilla de racionamiento.
El primer día que se encontraron ella ni siquiera le dirigió la mirada. Era demasiado arriesgado, uno nunca sabía que iba a encontrarse tras unos ojos desconocidos; él sí, la miró de arriba a abajo y amagó una sonrisa que quedó convertida en una mueca un poco rara.
A las dos semanas cruzaron el primer "buenos días", él con ademán galante, el de ella por mera cortesía. No estaban los tiempos para ir intercambiando palabras con cualquiera, siempre recordaba las severas advertencias de su padre e intentaba cumplirlas.
Pero resistirse a esa sonrisa pícara era demasiado difícil y unos días después del primer saludo, no pudo evitar levantar la cara al pronunciar su tenue “buenos días”. A mala hora se le ocurrió fijarse en esos ojos, esos malditos ojos. Una vez se cruzó con ellos, quedó atrapada allí. Acostumbrada desde niña a ver ojos tristes y vacíos, ojos que perdieron lo que más querían, ojos que ocultaban rencor y odio, ojos melancólicos… caer de repente en unos ojos felices y traviesos, que dejaban ver y ocultaban al mismo tiempo, supuso una tentación demasiado grande como para no dejarse seducir.
Era peligroso, ella lo sabía, las palabras de su padre resonaban en su cabeza cada mañana al encontrarse con él en la parada. Pero siendo todo tan gris, cómo no iba a perderse en esa mirada cálida, que la envolvía como un abrazo entre la fría niebla de la ciudad.
Sólo coincidían en la parada unos minutos, el autobús de ella llegaba primero e intercambiaban un último asomo de complicidad mañanera antes de que su uniforme gris se perdiera tras las puertas del vehículo.
Nunca intercambiaron más palabra que el ya habitual “buenos días”, nunca se dijeron sus nombres. Saber demasiado de alguien siempre era un problema, permanecer en la ignorancia era más seguro. Y así se fueron sumando días, sonrisas y miradas confabuladas.
Una mañana no apareció. Por más que rezó para que llegara con sus andares orgullosos, no apareció, y ese día fue más gris y húmedo que todos los anteriores. Y así pasó otra mañana, y otra más. Hasta que al cuarto día lo vio girar la esquina.
Pero ya de lejos se dio cuenta de que no era el mismo. Se había dejado la gallardía de sus pasos quien sabe dónde, y las manos colgaban inertes y sin ritmo a los costados. Y cuando estuvo cerca… ¿qué habían hecho con la calidez de sus ojos? ¿Dónde estaba esa chispa que daba color a su mundo?
No tuvo el valor de preguntarle quién le había robado la alegría y se estremeció al comprobar que ahora su mirada era otro pozo muy hondo, de esos donde las almas se pierden y ya no pueden salir.
Apartó los ojos, bajó la cabeza y volvió a sumergirse en ese mundo húmedo y gris del que no tendría que haber salido nunca.
viernes, 13 de agosto de 2010
Mudo testigo
Único testigo impasible del paso del tiempo, cómplice de todo aquel que se quiera confesar. Nadie es capaz de contar cuantas historias hechas trizas terminaron en sus profundidades ni cuantos amores naufragados encierran sus tormentas. Entre el agua salada se esconden miles de lágrimas derramadas por todas esas personas que buscan el rumor de sus olas para diluir su pena. Nadie mejor para guardar secretos durante una o dos eternidades, protege a todo el que huye de su propia soledad. Pero no te escucha a cambio de nada; al final, el océano te roba el alma.
jueves, 5 de agosto de 2010
La suerte, y él
Va caminando por la cornisa, con los ojos cerrados, como si jugara a tentar a la suerte. Esa misma suerte que, según piensa él, ha estado esquivándolo durante toda la vida, evitándolo como si no mereciera un atisbo de fortuna. Ha sido todo una cadena de desgracias, de infamias, de lo que él supone ha sido una gran conspiración en su contra.
Un pie delante de otro, la adrenalina de saber que aquí la expresión “dar un paso en falso” es completamente literal; apenas unos centímetros suponen la diferencia entre seguir o no respirando. Le satisface saber que debajo, arremolinadas en la calle, le observan decenas de personas: policías, curiosos ávidos de morbo, personal de emergencias. Se había propuesto recorrer toda la cornisa con los ojos cerrados, como queriendo probar si al destino o a quien fuera realmente le importaba que él continuara vivo; pero no se ha resistido a la tentación de mirar de reojo, apenas entreabriendo los párpados. Está a punto de conseguirlo, le quedan pocos pasos para llegar al final, y es el centro de atención de toda la ciudad. Se le escapa una ligera mueca de satisfacción.
Ahora, lentamente, el otro pie; un paso más que le acerca a la vida. En su mente se suceden imágenes, impulsos, sensaciones. En una mínima fracción de segundo ha visto caras que desearía poder olvidar, borrar como quién borra trazos de lápiz. Pero la memoria es tinta de la buena y es capaz de recordar todos los rasgos de quienes le han hecho sufrir, de quienes tienen la culpa de que ahora esté caminando por el borde de una azotea, por un abismo a sesenta metros del suelo. Es irascible, y con esos recuerdos, la ira le invade; sus rodillas tiemblan, flaquean las fuerzas. Se impone calma y respira intentando tranquilizarse, sólo quedan dos metros para que todo acabe y la suerte se fije en él de una vez por todas.
Un movimiento más, levantando el pie del estrecho volado, los brazos extendidos buscando el equilibrio. A la mierda todo, no quiere morir; no quiere caer desde el edificio y llamar la atención del mundo por estar fríamente muerto. Si conservaba el temple, ahora lo ha perdido y sus pies le impulsan a avanzar más rápido.
Queda un metro, quizás ochenta centímetros para alcanzar una ventana, la salvación. Pero la suerte se ha cansado de que jueguen con ella.
El pie derecho, el exterior, resbala. Abajo, la gente se convulsiona. Lo ven deslizarse, creen que va a caer. Pero la suerte todavía no está contenta. Queda colgando, asido con las dos manos al cemento frío de la cornisa, luchando por impulsar su peso y volver a subir. La ansiedad ha acabado con su fuerza y una mano resbala. Las cosas no deberían haber salido así, tendría que haber conseguido recorrer el saliente, ser alguien aunque sólo fuera durante los sesenta segundos que le dedicarían en las noticias de las nueve.
Ahora cuelga de la mano izquierda. Sólo la suerte ve cómo, uno a uno y con una exasperante lentitud, los dedos van perdiendo agarre y se sueltan. Demasiado tarde para querer ser alguien, ahora sólo es un cuerpo estrellado en el asfalto, rodeado de personas que lo único que pretenden es ser también alguien y poder decir que han visto un cadáver en persona, como si presenciar la muerte hiciera escalar posiciones sociales.
Pobre infeliz, él no sabía que no se ha de tentar a la suerte.
lunes, 19 de julio de 2010
Trastornos no declarados
Somos psicópatas no declarados que se dedican a ir matando ilusiones, descuartizando sueños, asesinando cualquier intento de ir más allá. Es necesario que los deseos se desangren hasta extinguirse.
Somos maníacos in extremis que quieren hacer desaparecer todo lo que no encaja en sus perfectos esquemas, en su vida cuadriculada. Tenemos que clasificar y encasillar incluso lo que no existe.
Somos pirómanos entrenados para autoincendiarnos al instante, estallando en ira, bronca, enojos, rabias y fuegos que consumen cualquier asomo de racionalidad. Nos gusta ver todo cubierto de cenizas.
Somos unos colgados de ojos inyectados en sangre que viven de la realidad virtual, o que se fuman todo lo real con tal de no asumirlo. Es más fácil tragar solamente humo que enfrentarse a cosas mas firmes que tú.
Somos gente perturbada que por esa razón tiene que perturbarlo todo. Nada puede quedarse como es, hay que contagiar el desastre, propagar el desequilibrio, difundir la amargura hasta se pueda nadar en ella.
Somos ladrones que se llevan sonrisas, corazones, calmas, almas, tranquilidades y utopías para venderlas a cambio de frialdad e impersonalidad.
Somos dementes que intentan ver en el sexo, el maltrato y la dominación sucedáneos estúpidos del amor, versiones creadas por mentes envidiosas y absurdas que jamás fueron amadas.
Somos personas trastornadas que creen que la felicidad es algo que se puede encontrar en las estanterías de algún supermercado en un envase de usar y tirar, un producto desechable que se puede cambiar si se conserva el ticket de compra.
Somos neuróticos que proclaman su propia ignorancia para recibir alguna condecoración por ello. Premiamos la estupidez y castigamos la cultura, como si almacenar conocimiento fuera el primero de los pecados capitales.
Somos chiflados que matan en el nombre de Dios, de la paz, del petróleo, del dinero, de la venganza, en el nombre de su perro.
Y tenemos encerrados entre cuatro paredes a unos pobres desgraciados que se creen Napoleón Bonaparte o Marylin Monroe; que creen haber visto ovnis o cambian de vez en cuando de personalidad. POR FAVOR.