domingo, 24 de febrero de 2013

Vientos de sueños.

Empiezan todos el viaje en el cuaderno de algún niño, entre sumas, restas y faltas de ortografía. Hay que hacerlo en clase, mientras la maestra dicta algo y todos copian. Si supera ese reto, entonces está preparado para enfrentarse al largo viaje. En cambio, si el maestro lo descubre y aborta la misión, habrá que desistir y volverlo a intentar al cabo de unos días. Hay quienes incluso consiguen reunir toda una flota sin que el enemigo se de cuenta.
Lo siguiente es buscar un lugar para zarpar. No importa que sea un río, un lago, un arroyo, el océano o un charco después de un día de lluvia, porque nuestros capitanes saben muy bien que todas las aguas al final llevan al mar. Y entonces llega el solemne momento de la despedida. Lo saca del bolsillo y con las manos sucias de tierra, tinta e inocencia lo pone en el agua. Lo observa unos instantes y se va, porque su sabiduría de niño capitán le dice que quedarse mirando es como atarlo a la orilla e impedirle partir.
Y allá se va, dejando una estela de tinta mientras navega. Con el timón gobernado con mano firme por la ternura y velas henchidas de vientos llenos de sueños. Mientras su capitán, lejos en tierra firme, siga soñando, el viento seguirá soplando y las velas de papel cuadriculado continuarán marcando el rumbo.
Casi todos consiguen llegar al mar. Llegan orgullosos, diminutos ante tanta inmensidad, sobrecogidos ante tanta libertad. Las manchas de tinta del casco están ya muy borrosas y en la cubierta apenas se intuyen algunas palabras de letras cursivas desparejas y torcidas que se salen del renglón.
Pero llega un día en el que el niño capitán deja de ser niño y deja de ser capitán. Ya no hay ternura y ya no hay sueños. Y sin ternura no hay timonel y sin sueños no hay viento. Y sin capitán, sin timón, sin viento no se llega a buen puerto, no se llega a ninguna parte.
Cuando se quedan así varados en la nada el agua los empieza a consumir, los ablanda, se van deshaciendo. Se dejan llevar por la corriente. Por eso al final de cada mar hay siempre un cementerio de barquitos de papel.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Uno, dos, tres.

Es la hora. Respirar profundamente, una, dos, tres veces. Es importante contar hasta tres. Caminar despacio hasta la escalera, sin llamar la atención; sabe hacerlo todo muy bien. Lo tiene todo pensado, ensayado mil veces en la cabeza, tiene que salir así. No puede ser de otra forma.
Primero la mano izquierda, después la derecha, agarrándose con firmeza. Y sube el primer escalón. Y el siguiente, y otro más, como un autómata. No puede permitirse el lujo de dudar, resbalarse le quitaría toda credibilidad a su acción. Qué patético sería, estando en el décimo escalón.
Todavía no alcanzó altura suficiente, desde esa posición las cosas, la gente, siguen pareciendo demasiado grandes, ocupan mucho espacio, tienen demasiada presencia. Cuenta mentalmente hasta tres y respira al mismo tiempo.
Cuantos más escalones sube, más importancia le va restando al mundo que ve a sus pies. Todo disminuye progresivamente, se van emborronando los contornos. Y sigue, un pie y el otro, mecánicamente, sin dudas. 
Y nadie lo ve, por supuesto. ¿Quién va a fijarse en una figura oscura subiendo lenta pero decididamente una escalera, si todo alrededor sigue teniendo lugar a velocidad vertiginosa? No está hecha la gente para detenerse en las cosas que suceden a cámara lenta, él lo sabe. Lo sabe y por eso sigue subiendo, escalón a escalón.
Falta poco, cada vez queda menos. Controla el ritmo de la respiración, no puede acelerarse; una, dos, tres inspiraciones profundas. Y los últimos escalones. Ya llegó.
Ahora sí que es todo minúsculo, desde esa altura. Apenas hay espacio para poner los dos pies pero se siente el rey del mundo, de ese mundo que domina desde ahí arriba. Aunque no lo vean, todavía. En unos instantes, conseguirá por fin que toda la atención se centre en él, sólo en él.
Cierra los ojos. Necesita aislarse, desconectar, sentirse ajeno a todo. Esto es solamente suyo, algo que no pertenece a nadie más, no puede compartirlo. Abre los ojos, respira profundamente y esta vez  cuenta hasta diez.
Entonces se deja caer al vacío.
Sus manos se entrelazan con fuerza mientras el trapecio vuela por la carpa, la gente aplaude, el espectáculo continúa. Menos mal que no contó hasta once.

martes, 28 de agosto de 2012

Puntos y rayas.

Eran dos puntos. Rojos, está claro, sino no son puntos de verdad. Puntos rojos en un fondo negro. Separados una cierta distancia, no importa cuánto, no resulta relevante. Ellos simplemente tenían que ir del primer punto al segundo punto, no era mucho pedir la cosa. Lo lógico es una línea recta, ¿no? Por eso de que la distancia más corta entre dos puntos es una línea recta y la gente tiende a hacer las cosas de la forma más fácil posible. Eso es entonces, unir dos puntos con una puta raya. 
Se reían cuando les decían que tenían que hacer eso; se reían con risa de autosuficiencia, de esas que molestan y dan ganas de volarle la cabeza al dueño de la risa. Hubiese sido una posibilidad, claro. Lo de volarles la cabeza digo, rápido; pero poco sutil. Y él no era de hacer cosas así, demasiado sucio para su estilo. Su forma de jugar, de hacer jaque mate y acabar con esa risa estúpida, era otra distinta.
Ellos empezaban a caminar, orgullosos de sí mismos y de su línea recta. Caminaban, caminaban y de repente ya no podían caminar más. No había nada enfrente, nada que se pudiera ver al menos. Pero no podían seguir recto. Se frustraban, el orgullo les hacía intentarlo con todas sus fuerzas, con toda la rabia que eran capaces de poner al intentar empujar algo que en apariencia física no existía. No sabes lo que se reía él de esos intentos, de lo ridículos que parecían vistos desde afuera. Y no era una sonrisita autosuficiente, era más bien una carcajada un poco macabra.
Estaba el que lo intentaba dos minutos y el que porfiaba durante quince, pero al final todos se rendían. Giraban a la izquierda o a la derecha y seguían caminando, intentando corregir el rumbo lo antes posible. Pero no podían, seguía ahí esa cosa que les impedía ir por ningún lugar que no fuera el marcado. Marcado pero invisible, ese era su estilo, su marca sutil.
Casi ninguno resistía mucho, al final todos se dejaban llevar, arrastraban los pies tanteando con las manos para ver hacia donde los dirigía esa pared invisible. Tan ufanos que estaban antes de su línea recta, ahora ya no sabían ni en qué dirección estaba el segundo punto rojo. Pensarás que esa era su máxima satisfacción, que ahí terminaba todo. 
Pero no.
Después de incontables vueltas, paredes, muros, giros a derecha y a izquierda... de repente, aparecía el punto rojo. Estaba ahí, adelante, y llegaban y se paraban encima y de a poco empezaban a cambiar la cara. Volvía otra vez esa sonrisita ufana, esa cara de satisfacción personal que tan insoportable le resultaba. 
Y él se alimentaba de su ridículo orgullo, viendo desde arriba un laberinto enrevesado que empezaba y terminaba en el mismo punto rojo. Viendo un segundo punto rojo, afuera, lejos.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Grises

Se empezaron a ver en parada del autobús, todos los días a la misma hora.

Ella con su uniforme gris, igual de gris que el mundo que los rodeaba. Hasta la gente había terminado por ser gris, intentando pasar lo más desapercibida posible, en una época en la que destacar se pagaba muy caro.

Pero él… él sí que destacaba, lo hacía a propósito, y algún día le cobrarían la vanidad. Pero si no hubiese destacado, ella nunca se habría fijado. Siempre venía caminando con las manos en los bolsillos y un cigarro entre los labios, que seguro no había conseguido con la cartilla de racionamiento.

El primer día que se encontraron ella ni siquiera le dirigió la mirada. Era demasiado arriesgado, uno nunca sabía que iba a encontrarse tras unos ojos desconocidos; él sí, la miró de arriba a abajo y amagó una sonrisa que quedó convertida en una mueca un poco rara.

A las dos semanas cruzaron el primer "buenos días", él con ademán galante, el de ella por mera cortesía. No estaban los tiempos para ir intercambiando palabras con cualquiera, siempre recordaba las severas advertencias de su padre e intentaba cumplirlas.

Pero resistirse a esa sonrisa pícara era demasiado difícil y unos días después del primer saludo, no pudo evitar levantar la cara al pronunciar su tenue “buenos días”. A mala hora se le ocurrió fijarse en esos ojos, esos malditos ojos. Una vez se cruzó con ellos, quedó atrapada allí. Acostumbrada desde niña a ver ojos tristes y vacíos, ojos que perdieron lo que más querían, ojos que ocultaban rencor y odio, ojos melancólicos… caer de repente en unos ojos felices y traviesos, que dejaban ver y ocultaban al mismo tiempo, supuso una tentación demasiado grande como para no dejarse seducir.

Era peligroso, ella lo sabía, las palabras de su padre resonaban en su cabeza cada mañana al encontrarse con él en la parada. Pero siendo todo tan gris, cómo no iba a perderse en esa mirada cálida, que la envolvía como un abrazo entre la fría niebla de la ciudad.

Sólo coincidían en la parada unos minutos, el autobús de ella llegaba primero e intercambiaban un último asomo de complicidad mañanera antes de que su uniforme gris se perdiera tras las puertas del vehículo.

Nunca intercambiaron más palabra que el ya habitual “buenos días”, nunca se dijeron sus nombres. Saber demasiado de alguien siempre era un problema, permanecer en la ignorancia era más seguro. Y así se fueron sumando días, sonrisas y miradas confabuladas.

Una mañana no apareció. Por más que rezó para que llegara con sus andares orgullosos, no apareció, y ese día fue más gris y húmedo que todos los anteriores. Y así pasó otra mañana, y otra más. Hasta que al cuarto día lo vio girar la esquina.

Pero ya de lejos se dio cuenta de que no era el mismo. Se había dejado la gallardía de sus pasos quien sabe dónde, y las manos colgaban inertes y sin ritmo a los costados. Y cuando estuvo cerca… ¿qué habían hecho con la calidez de sus ojos? ¿Dónde estaba esa chispa que daba color a su mundo?

No tuvo el valor de preguntarle quién le había robado la alegría y se estremeció al comprobar que ahora su mirada era otro pozo muy hondo, de esos donde las almas se pierden y ya no pueden salir.

Apartó los ojos, bajó la cabeza y volvió a sumergirse en ese mundo húmedo y gris del que no tendría que haber salido nunca.

viernes, 13 de agosto de 2010

Mudo testigo

Único testigo impasible del paso del tiempo, cómplice de todo aquel que se quiera confesar. Nadie es capaz de contar cuantas historias hechas trizas terminaron en sus profundidades ni cuantos amores naufragados encierran sus tormentas. Entre el agua salada se esconden miles de lágrimas derramadas por todas esas personas que buscan el rumor de sus olas para diluir su pena. Nadie mejor para guardar secretos durante una o dos eternidades, protege a todo el que huye de su propia soledad. Pero no te escucha a cambio de nada; al final, el océano te roba el alma.

jueves, 5 de agosto de 2010

La suerte, y él

Va caminando por la cornisa, con los ojos cerrados, como si jugara a tentar a la suerte. Esa misma suerte que, según piensa él, ha estado esquivándolo durante toda la vida, evitándolo como si no mereciera un atisbo de fortuna. Ha sido todo una cadena de desgracias, de infamias, de lo que él supone ha sido una gran conspiración en su contra.

Un pie delante de otro, la adrenalina de saber que aquí la expresión “dar un paso en falso” es completamente literal; apenas unos centímetros suponen la diferencia entre seguir o no respirando. Le satisface saber que debajo, arremolinadas en la calle, le observan decenas de personas: policías, curiosos ávidos de morbo, personal de emergencias. Se había propuesto recorrer toda la cornisa con los ojos cerrados, como queriendo probar si al destino o a quien fuera realmente le importaba que él continuara vivo; pero no se ha resistido a la tentación de mirar de reojo, apenas entreabriendo los párpados. Está a punto de conseguirlo, le quedan pocos pasos para llegar al final, y es el centro de atención de toda la ciudad. Se le escapa una ligera mueca de satisfacción.

Ahora, lentamente, el otro pie; un paso más que le acerca a la vida. En su mente se suceden imágenes, impulsos, sensaciones. En una mínima fracción de segundo ha visto caras que desearía poder olvidar, borrar como quién borra trazos de lápiz. Pero la memoria es tinta de la buena y es capaz de recordar todos los rasgos de quienes le han hecho sufrir, de quienes tienen la culpa de que ahora esté caminando por el borde de una azotea, por un abismo a sesenta metros del suelo. Es irascible, y con esos recuerdos, la ira le invade; sus rodillas tiemblan, flaquean las fuerzas. Se impone calma y respira intentando tranquilizarse, sólo quedan dos metros para que todo acabe y la suerte se fije en él de una vez por todas.

Un movimiento más, levantando el pie del estrecho volado, los brazos extendidos buscando el equilibrio. A la mierda todo, no quiere morir; no quiere caer desde el edificio y llamar la atención del mundo por estar fríamente muerto. Si conservaba el temple, ahora lo ha perdido y sus pies le impulsan a avanzar más rápido.

Queda un metro, quizás ochenta centímetros para alcanzar una ventana, la salvación. Pero la suerte se ha cansado de que jueguen con ella.

El pie derecho, el exterior, resbala. Abajo, la gente se convulsiona. Lo ven deslizarse, creen que va a caer. Pero la suerte todavía no está contenta. Queda colgando, asido con las dos manos al cemento frío de la cornisa, luchando por impulsar su peso y volver a subir. La ansiedad ha acabado con su fuerza y una mano resbala. Las cosas no deberían haber salido así, tendría que haber conseguido recorrer el saliente, ser alguien aunque sólo fuera durante los sesenta segundos que le dedicarían en las noticias de las nueve.

Ahora cuelga de la mano izquierda. Sólo la suerte ve cómo, uno a uno y con una exasperante lentitud, los dedos van perdiendo agarre y se sueltan. Demasiado tarde para querer ser alguien, ahora sólo es un cuerpo estrellado en el asfalto, rodeado de personas que lo único que pretenden es ser también alguien y poder decir que han visto un cadáver en persona, como si presenciar la muerte hiciera escalar posiciones sociales.

Pobre infeliz, él no sabía que no se ha de tentar a la suerte.

lunes, 19 de julio de 2010

Trastornos no declarados

Estamos todos locos, locos en el mal sentido; en el peor. Tendríamos que estar todos encerrados en algún loquero de esos tétricos, bien de película pésima.
Somos psicópatas no declarados que se dedican a ir matando ilusiones, descuartizando sueños, asesinando cualquier intento de ir más allá. Es necesario que los deseos se desangren hasta extinguirse.
Somos maníacos in extremis que quieren hacer desaparecer todo lo que no encaja en sus perfectos esquemas, en su vida cuadriculada. Tenemos que clasificar y encasillar incluso lo que no existe.
Somos pirómanos entrenados para autoincendiarnos al instante, estallando en ira, bronca, enojos, rabias y fuegos que consumen cualquier asomo de racionalidad. Nos gusta ver todo cubierto de cenizas.
Somos unos colgados de ojos inyectados en sangre que viven de la realidad virtual, o que se fuman todo lo real con tal de no asumirlo. Es más fácil tragar solamente humo que enfrentarse a cosas mas firmes que tú.
Somos gente perturbada que por esa razón tiene que perturbarlo todo. Nada puede quedarse como es, hay que contagiar el desastre, propagar el desequilibrio, difundir la amargura hasta se pueda nadar en ella.
Somos ladrones que se llevan sonrisas, corazones, calmas, almas, tranquilidades y utopías para venderlas a cambio de frialdad e impersonalidad.
Somos dementes que intentan ver en el sexo, el maltrato y la dominación sucedáneos estúpidos del amor, versiones creadas por mentes envidiosas y absurdas que jamás fueron amadas.
Somos personas trastornadas que creen que la felicidad es algo que se puede encontrar en las estanterías de algún supermercado en un envase de usar y tirar, un producto desechable que se puede cambiar si se conserva el ticket de compra.
Somos neuróticos que proclaman su propia ignorancia para recibir alguna condecoración por ello. Premiamos la estupidez y castigamos la cultura, como si almacenar conocimiento fuera el primero de los pecados capitales.
Somos chiflados que matan en el nombre de Dios, de la paz, del petróleo, del dinero, de la venganza, en el nombre de su perro.
Y tenemos encerrados entre cuatro paredes a unos pobres desgraciados que se creen Napoleón Bonaparte o Marylin Monroe; que creen haber visto ovnis o cambian de vez en cuando de personalidad. POR FAVOR.