Único testigo impasible del paso del tiempo, cómplice de todo aquel que se quiera confesar. Nadie es capaz de contar cuantas historias hechas trizas terminaron en sus profundidades ni cuantos amores naufragados encierran sus tormentas. Entre el agua salada se esconden miles de lágrimas derramadas por todas esas personas que buscan el rumor de sus olas para diluir su pena. Nadie mejor para guardar secretos durante una o dos eternidades, protege a todo el que huye de su propia soledad. Pero no te escucha a cambio de nada; al final, el océano te roba el alma.
viernes, 13 de agosto de 2010
jueves, 5 de agosto de 2010
La suerte, y él
Va caminando por la cornisa, con los ojos cerrados, como si jugara a tentar a la suerte. Esa misma suerte que, según piensa él, ha estado esquivándolo durante toda la vida, evitándolo como si no mereciera un atisbo de fortuna. Ha sido todo una cadena de desgracias, de infamias, de lo que él supone ha sido una gran conspiración en su contra.
Un pie delante de otro, la adrenalina de saber que aquí la expresión “dar un paso en falso” es completamente literal; apenas unos centímetros suponen la diferencia entre seguir o no respirando. Le satisface saber que debajo, arremolinadas en la calle, le observan decenas de personas: policías, curiosos ávidos de morbo, personal de emergencias. Se había propuesto recorrer toda la cornisa con los ojos cerrados, como queriendo probar si al destino o a quien fuera realmente le importaba que él continuara vivo; pero no se ha resistido a la tentación de mirar de reojo, apenas entreabriendo los párpados. Está a punto de conseguirlo, le quedan pocos pasos para llegar al final, y es el centro de atención de toda la ciudad. Se le escapa una ligera mueca de satisfacción.
Ahora, lentamente, el otro pie; un paso más que le acerca a la vida. En su mente se suceden imágenes, impulsos, sensaciones. En una mínima fracción de segundo ha visto caras que desearía poder olvidar, borrar como quién borra trazos de lápiz. Pero la memoria es tinta de la buena y es capaz de recordar todos los rasgos de quienes le han hecho sufrir, de quienes tienen la culpa de que ahora esté caminando por el borde de una azotea, por un abismo a sesenta metros del suelo. Es irascible, y con esos recuerdos, la ira le invade; sus rodillas tiemblan, flaquean las fuerzas. Se impone calma y respira intentando tranquilizarse, sólo quedan dos metros para que todo acabe y la suerte se fije en él de una vez por todas.
Un movimiento más, levantando el pie del estrecho volado, los brazos extendidos buscando el equilibrio. A la mierda todo, no quiere morir; no quiere caer desde el edificio y llamar la atención del mundo por estar fríamente muerto. Si conservaba el temple, ahora lo ha perdido y sus pies le impulsan a avanzar más rápido.
Queda un metro, quizás ochenta centímetros para alcanzar una ventana, la salvación. Pero la suerte se ha cansado de que jueguen con ella.
El pie derecho, el exterior, resbala. Abajo, la gente se convulsiona. Lo ven deslizarse, creen que va a caer. Pero la suerte todavía no está contenta. Queda colgando, asido con las dos manos al cemento frío de la cornisa, luchando por impulsar su peso y volver a subir. La ansiedad ha acabado con su fuerza y una mano resbala. Las cosas no deberían haber salido así, tendría que haber conseguido recorrer el saliente, ser alguien aunque sólo fuera durante los sesenta segundos que le dedicarían en las noticias de las nueve.
Ahora cuelga de la mano izquierda. Sólo la suerte ve cómo, uno a uno y con una exasperante lentitud, los dedos van perdiendo agarre y se sueltan. Demasiado tarde para querer ser alguien, ahora sólo es un cuerpo estrellado en el asfalto, rodeado de personas que lo único que pretenden es ser también alguien y poder decir que han visto un cadáver en persona, como si presenciar la muerte hiciera escalar posiciones sociales.
Pobre infeliz, él no sabía que no se ha de tentar a la suerte.
lunes, 19 de julio de 2010
Trastornos no declarados
Somos psicópatas no declarados que se dedican a ir matando ilusiones, descuartizando sueños, asesinando cualquier intento de ir más allá. Es necesario que los deseos se desangren hasta extinguirse.
Somos maníacos in extremis que quieren hacer desaparecer todo lo que no encaja en sus perfectos esquemas, en su vida cuadriculada. Tenemos que clasificar y encasillar incluso lo que no existe.
Somos pirómanos entrenados para autoincendiarnos al instante, estallando en ira, bronca, enojos, rabias y fuegos que consumen cualquier asomo de racionalidad. Nos gusta ver todo cubierto de cenizas.
Somos unos colgados de ojos inyectados en sangre que viven de la realidad virtual, o que se fuman todo lo real con tal de no asumirlo. Es más fácil tragar solamente humo que enfrentarse a cosas mas firmes que tú.
Somos gente perturbada que por esa razón tiene que perturbarlo todo. Nada puede quedarse como es, hay que contagiar el desastre, propagar el desequilibrio, difundir la amargura hasta se pueda nadar en ella.
Somos ladrones que se llevan sonrisas, corazones, calmas, almas, tranquilidades y utopías para venderlas a cambio de frialdad e impersonalidad.
Somos dementes que intentan ver en el sexo, el maltrato y la dominación sucedáneos estúpidos del amor, versiones creadas por mentes envidiosas y absurdas que jamás fueron amadas.
Somos personas trastornadas que creen que la felicidad es algo que se puede encontrar en las estanterías de algún supermercado en un envase de usar y tirar, un producto desechable que se puede cambiar si se conserva el ticket de compra.
Somos neuróticos que proclaman su propia ignorancia para recibir alguna condecoración por ello. Premiamos la estupidez y castigamos la cultura, como si almacenar conocimiento fuera el primero de los pecados capitales.
Somos chiflados que matan en el nombre de Dios, de la paz, del petróleo, del dinero, de la venganza, en el nombre de su perro.
Y tenemos encerrados entre cuatro paredes a unos pobres desgraciados que se creen Napoleón Bonaparte o Marylin Monroe; que creen haber visto ovnis o cambian de vez en cuando de personalidad. POR FAVOR.
sábado, 10 de julio de 2010
Me iré
Me iré. O se irán ellos. Nosotros, ustedes, alguien. Todos nos iremos de aquí.
Los que hoy para ti son indispensables, mañana sólo serán un recuerdo. Solamente quedará del día de hoy una vaga sospecha.
Los que hoy estamos juntos mañana estaremos lejos. Muy lejos. En ese lugar donde nadie sabe buscar, adentro de uno mismo.
Seremos solamente sombras de algo que fue, que existió. Cambiarán las cosas porque tienen que cambiar. Porque así lo dice el mundo, porque así lo dicen todos. Porque así lo digo yo.
Y vivirán en nosotros los fantasmas de esos días. Imborrables, inevitables, invencibles. Permaneceré grabada en tu memoria hasta que te esfumes, igual que tu en la mía.
De las canciones de antes sólo escucharás ecos. Mañana seremos parte de algo que ya no es.
Aunque intenten borrarnos ahí estaremos, porque ahí estuvimos.
Pero eso será mañana. Y para mañana… todavía falta.
miércoles, 7 de julio de 2010
Normas del señor X
lunes, 5 de julio de 2010
Viejo de ciudad
Visto desde la ventana, parece que sea el ojo de un huracán. A su alrededor la gente pasa corriendo, mirando el reloj como el conejo de Alicia, sin reparar en que van tan rápido que se dejaron el tiempo atrás. El tráfico prosigue y proseguirá aunque el mundo se esté partiendo en mil pedazos. Pero él está inmóvil, inmune a todo ese caos.
Ajeno a la ración de locura diaria que nos toca a todos, seguramente su parte la haya consumido alguna de esas mujeres que pasan murmurando por lo bajo, marcando el paso con zapatos que pretenden elevan su ego a la altura exigida.
No mueve los ojos; tiene la mirada perdida en algún punto remoto del pasado que juego a imaginar. Según mi estado de ánimo, me da por imaginar alguna empalagosa tragedia amorosa, quizás un sórdido secreto, una pérdida insustituible. Pero estoy convencida de que ni siquiera me acerco a la realidad. Es una mirada demasiado profunda y tan hondo, la mayoría nos ahogamos.
Tiene una postura de paciencia infinita, más bien de resignación. Como si hubiese resuelto aceptar que su vida es eso, sentarse a contemplar su propia existencia con su sombra como única compañía.
Y es así día tras día, creo que ya no siente ni el sol ni la lluvia, y mientras el viento no le barra sus recuerdos, no le importa. Me inspira lástima, o me la inspiro yo misma. No sé todavía de quien compadecerme, si de la vorágine humana que lo envuelve o de ese vestigio de hombre, que está siempre, siempre ahí.
jueves, 1 de julio de 2010
Juegos perdidos
Es un juego, un simple juego. O quizás no sea tan simple.
Es un juego sutil, pero eso parece haber sido olvidado. No sé quien se ha quedado con la sutileza, pero si antes la tenían ellas, ahora no la tiene ninguno de los dos. Y en eso consiste saber jugar, en ser sutil. En insinuar y no enseñar.
Y van quedando pocas jugadoras que practiquen verdaderamente bien este juego. De las que saben jugar con clase, que poseen el don de sugerir elegantemente lo que más deseas, para darse la vuelta y marcharse con altivez, dejándote un deseo para nada sutil.
Tienen el poder de hacer con tu voluntad lo que se les antoje, pero jamás van a demostrártelo. Puede que no luzcan toda la piel que se supone debe lucirse, pero nadie compondrá mejor una sonrisa entre pícara e inocente.
Y los ojos, la mirada. ¡Qué placer es admirar los ojos de esa clase de mujer! No vas a conocer campo magnético más fuerte que el de una mirada que sabe insinuar aquello que oculta bajo la ropa.
Ellas saben que nada atrae más que lo misterioso, lo prohibido. Qué mejor tentación que ocultar lo que se tiene, para dejárselo entrever a aquel que sepa seguir las reglas no escritas.
Ahora le han robado la gracia al juego, ahora ellos hacen poco y nada por poseer vulgares mujeres que se regalan a sí mismas, olvidándose del tesoro de la seducción.
miércoles, 30 de junio de 2010
Creer
Enfermo crónico de risa
Lo mejor, te contaba orgulloso, es que la risa es como una epidemia. Si te reís mucho, al principio te miran con desconfianza, sos como un virus peligroso para su eterno rictus amargo, te consideran amenazante. Pero a la mínima que bajan la guardia... se contagian. De repente, como sin querer, se están riendo. Primero bajito, intentando ocultarte que les pegaste la risa, como si fuera una enfermedad. De a poquito se les mete el virus en el cuerpo, y así sin querer, se encuentran riendo hasta doblarse por la mitad, completamente infectados. Y te decía que la risa no era el mejor remedio, sino la mejor enfermedad crónica que existe.
Pregonaba que reírse es la mejor terapia, que los libros de ayuda y los psicólogos son el eterno engaño de aquellos que no saben sonreír y buscan vengarse de los que tienen esa virtud.
En voz baja, como secreteando, te decía que las sonrisas son la mejor arma jamás inventada, capaces de borrar malos humores y tormentas, de evitar llantos, peleas, equivocaciones, muertes.
Si conseguías su confianza, te contaba que lo mejor de las carcajadas son sus mil facetas. Pícaras, amargas, sinceras, explosivas... estaba convencido de que con la sonrisa adecuada se podía conseguir cualquier cosa. Y cuando te lo decía así, con una sonrisita cómplice y guiñándote el ojo, no podías hacer otra cosa más que creerle.
Y así, riéndose, lo sorprendió el fin. Pero ni siquiera la muerte pudo borrarle la última sonrisa de la cara. Y así se fue, feliz, a desparramar risas en otros mundos.